Cuento: «JUSTO TRIBUTO» – Por Mario Valdez

Pronto comenzaremos con las clases de narrativa. A modo de ejemplo, les envío este cuento para que comiencen a observar, no sólo la historia, sino la estructura narrativa del cuento. Una escenificación para contextualizar al lector sobre la historia. Luego un desarrollo narrativo y un final sorpresivo. Es importante saber que para que podamos llamarlo cuento y no narración, u otro subgénero narrativo, en alguna parte del cuento debe haber alguna situación, aunque sea pequeña de fantasía. Algo no racional.

Mañana publicaremos la clase 2 del curso de Poesía. Hasta pronto

JUSTO TRIBUTO

La conmoción fue total. El galán de moda, aquél que despertaba las fantasías más creativas en las mujeres de todo el país, acaba de morir… de tos.

Los medios periodísticos se abocaron de inmediato a cubrir la información, que azuzaría irremediablemente la amodorrada opinión pública, siempre ávida de noticias punzantes qué modifiquen en algo su patética rutina. Algunos equipos estaban apostados en la casa del galán y otros, en el lugar donde habría de desarrollarse el velatorio; en la redacción, todos estaban abocados a buscar en los archivos cuanta foto y entrevista pudiera existir: el negocio comenzaba a funcionar.

En la casa del infortunado, la familia debatía las cuestiones fundamentales de los pasos a seguir: decirle o no a la prensa la causa real de la muerte era una de las dudas esenciales sometidas a debate. ¿acaso no debilitaría la imagen póstuma del personaje, decir que murió de tos? Quizás fuera más elegante, por ejemplo, adjudicar el deceso a un extraño virus adquirido en África durante el último safari.

La casa velatoria había previsto su salón más amplio y confortable para recibir a la muchedumbre; Incluso se efectuaron algunas reformas convenientes, incluido el retiro del gran crucifijo de plata que ocupaba la pared del fondo, para colocar en su lugar un amplio cartel de acrílico identificatorio de la empresa: “EL SUEÑO FELIZ” de GÓMEZ E HIJOS – Consulte precios en la administración. Las cámaras de T.V. y los fotógrafos de los diarios y revistas, con seguridad lo registrarían, asegurándose publicidad implícita… y gratuita.

Todo estaba dispuesto, nadie había dejado detalles sin prever, especialmente, las empresas comerciales que intervenían en el “acontecimiento”. El lugar se colmaba paulatinamente de luces, cámaras, periodistas, curiosos y hasta vendedores ambulantes que ofrecían “La foto del galán a sólo cien pesitos”. Quien comprara dos fotos y un souvenir, recibía de regalo un café bien calentito con una medialuna. Las únicas personas que denotaban congoja eran las seguidoras del astro, quienes lloraban y compartían entre sí, datos y anécdotas inéditas.

Pasadas dos horas, el cuerpo aún no había llegado al lugar y la impaciencia se transformaba en inquietud, hasta que un grupo de periodistas comenzó a increpar a los “organizadores”, manifestando su malestar por la demora; alegaban que ellos eran tan sólo trabajadores de prensa y debían cubrir otras notas. Los más exaltados llegaron a considerar la demora como una falta de respeto y un atentado a la libertad de expresión.

En tanto, en la casa, un grupo de expertos trabajaba con el cuerpo: unos maquillándolo y otros intentando cerrarle la boca, la que había quedado en la posición del último acceso de tos, aquél que le causara la muerte. La llegada del fenecido a la sala velatoria significó el alivio de la mayoría: Arreciaron flashes, luces, gritos y cientos de noteros en busca de los familiares directos quienes, en definitiva, pasaban a ser los nuevos y efímeros protagonistas. Los empleados de la casa, mientras tanto, colocaron unos ladrillos debajo de las patas delanteras del soporte que sostenía el ataúd, de manera de conseguir una perspectiva favorable para las cámaras. Todo era confusión y apuro por conseguir los mejores planos, al tiempo que la concurrencia platicaba en voz alta, conjeturando las más diversas teorías sobre la herencia y el carácter de legalidad del vínculo que unía a la viuda con el muerto. La vocinglería resultaba infernal hasta que, por fin, se produjo un silencio absoluto; fue cuando los televisores colocados estratégicamente en distintos sectores del local anunciaron la entrevista “en directo” con la esposa del galán. Este anuncio en realidad se prolongó durante casi media hora, ya que el canal que resultó adjudicatario exclusivo de la nota, no lograba convencer a la mujer de que debía aparecer con gafas de sol y llorando, para conseguir un efecto más contundente en los primeros planos. La mujer, sin embargo, se mantenía en la postura de no acceder a ningún recurso que estropeara su maquillaje y luciera como una señora de mayor edad.

A las diez de la noche, hora en que los noticieros habían finalizado su emisión “en vivo desde el lugar de los hechos”, el salón comenzó a descomprimirse y la tranquilidad iba llegando de a poco. Los vendedores ambulantes se retiraron y los curiosos y fanáticos ya estaban en sus casas siguiendo los acontecimientos por televisión. Mientras tanto, la familia se encontraba en un salón contiguo, discutiendo con los productores el precio de las futuras entrevistas a realizarse en los próximos días.

Lo cierto es que, sobre las doce de la noche, el cajón lucía como un pequeño mueble sobre la pared del fondo del inmenso salón vacío. Un empleado de limpieza, qué barría sin cesar los desperdicios que alfombraban el lugar, jura haber escuchado que el muerto tosió y que, al acercarse curiosamente hasta el féretro, vio dos lágrimas que surcaban las mejillas del malogrado galán. FIN      Mario Valdez

Velorio

 

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